Texto: Zandra Quintero Ovalle /
Fotografía: Amateur Architecture Studio; Lu Wenyu, Lev Hegzhing, Lang Shuilong
No pertenece al star system de la arquitectura internacional, sus obras no resultan espectaculares como las de arquitectos celebridades como Zaha Hadid o Frank Ghery ni están diseminadas por el mundo. Su trabajo resulta, de hecho, todo lo contrario: es sereno, reflexivo, tremendamente enraizado en la tradición china y solo ha construido en su país.
Pero son precisamente estos atributos los que hicieron, en consideración del jurado, que el arquitecto Wang Shu fuera distinguido con el premio Pritzker 2012, el cual le será entregado, coincidencialmente, en Beijing el próximo 25 de mayo.
Nacido y educado en China, su centro de operaciones es Hangzhou, ciudad famosa por sus pintores, paisajes y arquitectura. Luego de graduarse, las preocupaciones que guiarían su trabajo comenzaron a manifestarse desde la Academia de Bellas Artes Zhijiang en Hangzhou, donde se ocupó de la problemática del paisaje y la restauración de edificios viejos y antiguos, y de su relación con el paisaje natural y urbano.
Luego de terminar su primer edificio, entre 1990 y 1998 decidió trabajar directamente con constructores tradicionales y artesanos para aprender de primera mano las prácticas constructivas "no profesionales". Estas eran las que resguardaban la tradición china frente a procesos modernos que, entre otros, eran los responsables de la degradación del urbanismo de la ciudad, donde las demoliciones estaban a la orden del día.
De esta experiencia nació el Amateur Architecture Studio, despacho que fundó junto con su esposa, la arquitecta Lu Wenyu. El nombre de su firma condensa la filosofía nacida de la experiencia con los constructores no profesionales y hace también una crítica a la práctica actual de la arquitectura en China, a la que considera cómplice de la demolición de áreas urbanas enteras y de la excesiva construcción en zonas rurales.
Casi como un manifiesto de esta crítica, se alza el Museo Histórico de Ningbo (2008). En su construcción empleó toda clase de materiales provenientes de demoliciones llevadas a cabo en la misma área ¿tejas, piedras, ladrillos, etc.¿, que incorporó al diseño del edificio.
El resultado es un homenaje a la historia urbana y a las tradiciones
constructivas milenarias que se materializa en un conjunto de impresionantes volúmenes que conforma, al mismo tiempo, una pequeña ciudad y una pequeña montaña.
La preocupación por la conservación y la crítica a la urbanización irracional no significan darle la espalda a la modernidad ni encerrarse en un localismo recalcitrante. Por el contrario, la propuesta de Wang Shu se basa en retomar la tradición para darle un sentido contemporáneo.
Por ello, en sus obras están presentes los jardines, lagos y puentes tan importantes en la vida china, la forma de la pagoda reinterpretada en tejados y otras estructuras, rampas y pasillos intercomunicados casi infinitamente, el uso de materiales artesanales que hablan de la propia cultura y el esfuerzo constante de buscar que los edificios se incorporen de forma armónica con el paisaje natural.
Todo ello resulta más que pertinente en un país que pasó de una arquitectura estatal de carácter masivo, propagandístico y uniforme, a acoger la vanguardia y espectacularidad de las obras monumentales hechas por grandes firmas internacionales; baste el ejemplo de las impresionantes instalaciones olímpicas de Beijing.
En este sentido, el Pritzker otorgado a Wang Shu pone sobre el tablero, como lo expresa el acta del jurado, la cuestión sobre la correcta relación entre el pasado y el presente en los procesos de urbanización y considera la obra del arquitecto como un ejemplo que trasciende el debate, con la propuesta de una arquitectura atemporal, profundamente arraigada en su contexto y absolutamente universal.