Con la inauguración el pasado 11 de julio de las nuevas instalaciones de la Policía Comunitaria en la Comuna 16, barrio Belén, en Medellín, se abre un interesante capítulo en lo que respecta a las sedes de este tipo en el país.
Frecuentemente sucede que dichas instalaciones se ubiquen en construcciones levantadas con otros propósitos, por lo que terminan causando incomodidades entre los ciudadanos a causa de las adaptaciones a las que se someten tales edificaciones para ajustarlas a su verdadero fin.
Ubicado en la carrera 73 con calle 14, a unas cuadras de la Biblioteca de Belén (registrada en Habitar No. 215) y en medio de dos establecimientos escolares, la institución educativa Jacqueline Kennedy y el San Francisco Javier, este edificio refleja un nuevo concepto de policía comunitaria que se espera implementar en la ciudad de Medellín y replicar en el resto del país.
El arquitecto John Ortiz, de la Empresa de Desarrollo Urbano de Medellín (EDU) señala cómo todo comenzó cuando la Estación de Policía Comunitaria de la Comuna 13, ubicada en un antiguo hospital e iglesia, predio donde luego se levantaría la Biblioteca de Belén, debía ser relocalizada, oportunidad ideal para que se buscara un lote adecuado y se diseñara un proyecto arquitectónico a la medida de las necesidades.
Luego de que se estableciera un convenio entre la Secretaría de Gobierno de Medellín y la EDU, el primer paso para los arquitectos diseñadores John Ortiz y Carlos Mario Rodríguez fue llevar a cabo un proceso de sensibilización de la comunidad pues, ante la perspectiva de una nueva estación, los habitantes del barrio Belén no tuvieron reacciones positivas.
Los vecinos no querían una estación de policía en el lugar. Estos temores y prevenciones fueron rápidamente superados pues detrás de esta nueva propuesta arquitectónica fresca, innovadora y amigable, estaba la implementación de un nuevo modelo de presencia de la fuerza pública.
Para llegar a este punto, la trabajadora social Alexandra Castrillón se dedicó dos años a desarrollar proyectos de sensibilización con niños y vecinos para transformar positivamente el imaginario que se tenía sobre las estaciones de policía.
Diseño amigable
La Estación de Policía Comunitaria hace parte de un complejo de 16 mil metros cuadrados. El edificio tiene un área construida de 4.098 metros cuadrados en tres niveles que aprovechan la topografía del lote, además de un sótano de uso privado para la institución.
Pensado como un elemento integrador de cara a la comunidad, el proyecto cuenta con 5.632 metros cuadrados de espacio público construido entre plazas, andenes, zonas verdes y dos canchas de fútbol.
Todo con miras a ser un elemento generador de un espacio urbano amable y reconciliador. Su acceso se da a través de una plaza pública.
Como señala Ortiz, ¿se pretendía crear un edificio que generara curiosidad e invitara a entrar¿, no solamente para realizar las diligencias propias de la estación, sino para disfrutar de algunos de los servicios con los que cuenta el lugar, que se ofrecen por igual a los jóvenes agentes y a la comunidad.
Estamos hablando de un gimnasio, y de un auditorio. Resulta muy interesante ver cómo en la edificación pudieron combinarse las necesidades de una estación de policía, con un programa de integración cuya principal función consiste en sensibilizar a los habitantes del barrio en asuntos como la prevención de la drogadicción y el manejo de su problemática entre los jóvenes.
Uno de los gestos arquitectónicos más interesantes del proyecto es que este edificio, como señala Ortiz, no es una edificación típica con ventanas, sino por el contrario, se trata de un gran volumen que parece flotar entre el barrio y en el que elementos tan característicos de las estaciones de policía como las garitas se hacen presentes reinterpretadas en un par de terrazas o balcones ubicados tanto en su fachada delantera como trasera.
El edificio también está dotado de oficinas, habitaciones para 120 uniformados, comedor, una Plaza de Armas al interior y algunas pequeñas celdas llamadas ¿salas de reflexión¿ para albergar transitoriamente al ciudadano que haya alterado el orden público.
La estación también cuenta con una vía de acceso exclusiva y con un estacionamiento con capacidad para treinta vehículos.
En cuanto a su apariencia, lo primero que salta a la vista es la fachada roja, una decisión de los arquitectos apoyada por la institución, que se basó en el criterio de mostrar el edificio en lugar de camuflarlo, de invitar a la comunidad en lugar de intimidarla y de lograr un espacio participativo y amable, dentro de lo posible.
También se recurrió al color para alegrar los espacios interiores y complementar los materiales seleccionados para el proyecto entre los que se destacan el concreto y el metal.
En el interior también sobresale un lucernario o vano en el techo de 40 metros de longitud que baña con su claridad la calle central del edificio.
Uno de los temas más interesantes en cuanto al diseño de la estación es esa ¿piel¿ metálica, producto del uso de las láminas perforadas de Hunter Douglas, que permiten ver el exterior a través de la fachada.
El microperforado hace que el edificio tenga un comportamiento durante el día y otro durante la noche. De día se aprecia el paisaje desde el interior y de noche, el barrio ve su estación de policía como una caja de luz.
Para los arquitectos lo más importante de este ejercicio es que ha sido ¿un trabajo de dos miradas, una física y otra social, sin las cuales el proyecto no sería exitoso¿.
Una frase de John Ortiz expresa claramente la posición de los arquitectos frente a este tipo de proyectos, sobre la que bien vale meditar: ¿las obras públicas deben generar cambios sociales, no basta con que sean bonitas¿.