Cuando el Fondo de Cultura Económica compró en 2003 el predio donde hoy se ubica el Centro Cultural Gabriel García Márquez, carrera 6 con calle 11, se empezaba a materializar el sueño de dos países, México y Colombia, contar con un espacio cultural que tuviera como protagonista los libros.
Los orígenes de este gesto tienen sus antecedentes en el siglo pasado cuando empezaban a llegar al país colecciones del Fondo de Cultura Económica como los Breviarios, Tierra Firme, Letras Mexicanas y la Colección Popular, que pronto se ganaron un lugar entre los lectores colombianos, gracias a la labor de los libreros de la época.
De la circulación de estos libros entre los lectores, en las décadas de los cuarenta y cincuenta, a la creación de una agencia en el país del Fondo de Cultura Económica pasaron algunos años pues ésta se abrió en 1975.
Luego se tuvo que esperar hasta 2001 para que se creara la filial como tal que tiene a su cargo los mercados de Colombia y Ecuador y que ha permitido la publicación de 39 nuevos títulos en nuestro país.
El paso al Centro Cultural Gabriel García Márquez como un regalo del gobierno mexicano al colombiano a través del Fondo de Cultura Económica, que se abre al público proximamente, no es otra cosa que el resultado de una estrecha relación intelectual entre los dos países.
Arquitectura para la cultura
El encargo del Centro Cultural lo recibió el arquitecto Rogelio Salmona en 2003 con beneplácito como lo mencionó en su momento.
¿El que me hubieran invitado a diseñar el edificio para la sede del Fondo de Cultura Económica de México en el corazón de Bogotá fue para mí, además de un privilegio, una enorme responsabilidad intelectual, profesional y urbana¿.
En un lote de 3.239 metros cuadrados que hasta 1920 dio lugar al Claustro de la Enseñanza y donde hasta el 9 de abril de 1948 se ubicó el Palacio de Justicia, se desarrolló un proyecto arquitectónico con 9.500 metros cuadrados de construcción que alberga un auditorio con capacidad para más de 324 personas, un área de exhibición para diversas expresiones artísticas con 216 metros cuadrados, una librería de 1.200 metros con capacidad para 50 mil libros, un almacén de discos, un restaurante, un café y un área destinada a las oficinas del Fondo de Cultura Económica de México.
Quienes recorran el lugar se encontrarán con gestos arquitectónicos que identifican a su autor. La presencia del ladrillo es uno de ellos.
En este caso la arcilla cocida tomó un tono arena que combinado con un concreto ocre le imprimen a la construcción su primera característica, calidez.
Como era usual en las obras de Rogelio Salmona, la exploración de las posibilidades estéticas del ladrillo se daba tanto a nivel de pisos como de muros.
Y en este caso ocurre igual. En el gran patio, que se convierte en punto de encuentro principal de los visitantes, la manera como se dispuso el material generó un interesante juego visual cuyo límite es la acequia que circunda el área.
Con una expresión un tanto diferente pero no menos rica, en un nivel inferior al del acceso, después de realizar un corto recorrido por una rampa, se observa el trabajo con el ladrillo a partir del muro curvo que encierra el auditorio y que se convierte en elemento protagónico en este punto.
La presencia del agua es casi una constante en la obra de Salmona, y también ocurre en este proyecto. Ya se mencionaban las acequias, y el espacio semicircular que se abre frente a la librería ofrece la vista de un espejo de agua.
Decía el arquitecto en sus memorias descriptivas: ¿Quise hacer una arquitectura abierta al encuentro, a la alegría, al goce, a la sorpresa, a la meditación¿¿.
Situaciones que se dan justamente a través del recorrido como una circunstancia que permite experimentar la arquitectura.
Para descubrir un edificio hay que recorrerlo y es justamente eso lo que el arquitecto quería que se hiciera con sus obras. Pasearlas para que poco a poco fueran apareciendo los distintos espacios proyectados para emocionar.
A este respecto, decía Salmona que si el recorrer la arquitectura necesita tiempo, entonces el tiempo hace parte de la arquitectura.
Y agregaba: ¿el espacio que se recorre no es un hecho fortuito, es un hecho buscado¿.
A propósito del recorrido planteado en el CCGGM, este es franco y abierto. Desde la acera el caminante ya se da una imagen del proyecto y así es invitado a entrar.
Sobre todo teniendo en cuenta que el Centro Histórico de Bogotá cuenta con un alto número de visitantes al día, gracias a las 29 universidades, 24 colegios, 7 bibliotecas y 58 entidades de carácter cultural que se concentran en el sector.