En un lote con forma de peñasco, el arquitecto Andrés Manrique emprendió la tarea de diseñar y construir una casa de recreo de espacios amplios.
Debido a su complicada topografía, el lote se conformó a partir de terrazas, lo que dio como resultado una construcción en niveles.
A pesar de sus generosas dimensiones, la forma en que se integró con la vegetación permitió que la casa se mimetizara con el paisaje.
El muro que recibe al visitante y que se convierte en un gesto escultórico de gran impacto visual, juega varios roles en el diseño. Brinda privacidad, organiza espacialmente el lugar y determina su lenguaje estético.
De un lado del muro se sitúa la zona social y de servicios; y del otro, el área de descanso con sus seis habitaciones. En la zona social con sala y comedor proyectados en dos niveles ¿que se ven complementados con la terraza y la piscina¿, ese gran muro se convierte en eje y marco para la vegetación que irrumpe por entre el vano, lo que también contribuye a su composición.
Luego de cruzar la puerta principal y ascender por la escalera, se encuentra la zona social. Espacio totalmente abierto, desarrollado bajo el gran prisma triangular de la cubierta que se prolonga hacia la terraza en forma de alero.
Bajo la cubierta de tejas de cerámica plana, una esterilla de cañabrava le brinda un cálido aspecto al lugar, lo mismo que el tablón de arcilla de Ambalema que recubre las columnas que la soportan, el amarillo pálido de los muros sin estucar y la piedra muñeca de los pisos.
Rompe con estos tonos el azul de la piscina, que proviene de su acabado de cemento, al que se le agregó una mezcla de minerales.
Hay que destacar de la zona social la franqueza de su concepto. Desde la sala se intuye el comedor detrás del antepecho que enmarca el sofá de mampostería. Allí, como en el resto del lugar, se da un contacto explícito con el exterior, que refresca los espacios con la vista hacia el paisaje lejano y la vegetación estratégicamente dispuesta, de acuerdo con un trabajo que se realizó de la mano del paisajista Ramiro Olarte. Este hecho no es gratuito, pues la intención del arquitecto es muy clara: ¿siempre he buscado no maltratar el paisaje y que mi arquitectura se mimetice con la naturaleza¿.
Desde el corredor, totalmente abierto, que conduce a las habitaciones, el contacto con el exterior también es muy franco. Espejos de agua a lado y lado, y una vegetación tropical en la que priman las aves del paraíso, permiten un recorrido agradable. Allí sobresalen igualmente la pérgola elaborada en cañabrava y los muros de ladrillo sin pañetar pintados de color arena que contribuyen a generar un lenguaje cálido a esta casa de vacaciones concebida a partir de tres volúmenes.
En las habitaciones, que se caracterizan por sus cubiertas abovedadas, los muebles de mampostería y los pisos de cemento afinado también aportan a la búsqueda de una sencillez arquitectónica, según los deseos del cliente: ¿quiero que la arquitectura se luzca sin tener que recurrir a la decoración y los adornos¿.
Como lo señala el arquitecto Andrés Manrique, en muchas ocasiones los muros son protagonistas de la arquitectura de vivienda y esta casa de vacación no fue la excepción, pues allí un muro cobra visos de escultura.