El blanco es la suma de todos lo colores, por eso todos van bien con él. Es la luz al ciento por ciento. Expresa limpieza, transparencia y pureza. Amplía los espacios y los refresca. Su condición de neutralidad hace que la luz que entra en un espacio pintado de blanco sea totalmente protagónica y que, por extensión, se destaque la arquitectura.
Bajo este concepto, hoy por hoy, en nuestro país el blanco es el rey. Con el manejo de materiales constructivos a la vista, como es el caso del concreto, el cemento, el ladrillo y la madera, muchos arquitectos imprimen color a los espacios sin salirse de la gama de los blancos, proponiendo un diálogo entre dicho color que, como telón de fondo, resalta los acabados arquitectónicos que enriquecen la vivienda con sus texturas.
El sofisticado universo del blanco lleva al espectador a agudizar su percepción y a apreciar los sutiles pero contundentes matices que éste ofrece cuando se va del blanco puro al blanco hueso, almendra, champaña, manzana, luna, arena, durazno y miles de variaciones más, de acuerdo a su matiz. Aplicado en cualquiera de estos tonos, este color resulta muy apropiado ya que el blanco puro puede ser tan perturbador como el negro absoluto.
Mientras que con el truco del color se puede engañar el ojo haciendo ver más amplio lo que es más estrecho, más alto lo que es más bajo, y más luminoso un espacio que en realidad no es rico en luz, el blanco es sin duda un camino a lo esencial, lo sofisticado, lo elegante.