Desde cualquier rincón de esta casa se observa el patio trasero, donde los árboles de cuarenta años de un espléndido jardín se convierten en el complemento perfecto de una arquitectura diseñada para abrirse completamente al exterior.
Este no es un hecho fortuito, pues los dueños tomaron la decisión de comprar la propiedad cuando vieron las posibilidades que ofrecía el jardín. Así fue como la arquitecta Inés Obregón tuvo que concentrar buena parte de su trabajo de remodelación en abrir los espacios para hacer del exterior el centro de la casa. De ahí la organización de zonas duras, áreas verdes y superficies de agua, que transformaron por completo el antiguo patio trasero y lo convirtieron en un entorno con múltiples posibilidades.
El espejo de agua ofrece una vista relajante a quienes se encuentran allí, mientras una banca en mampostería frente a la cocina que se asoma al jardín genera un espacio para compartir la vida al aire libre.
El disfrute de este entorno determinó la transformación de los espacios interiores, antes encerrados entre puertas y muros, ahora abiertos y con una fluidez espacial que se percibe a partir de la puerta de entrada. Desde allí se contempla la zona social en la que se integran sala y comedor y, más allá, el jardín.
La franqueza arquitectónica que se muestra se debe, como lo señala Inés Obregón, a que su trabajo de remodelación consistió en limpiar el lugar hasta llegar al mismísimo esqueleto de la construcción. Ahora se aprecia la totalidad de ese gran espacio de 430 metros cuadrados del que hoy hacen parte el estudio, la sala, el comedor, la cocina, el área de servicios, tres habitaciones, un estar de alcobas y cuatro baños.
Para lograr la integración deseada entre el interior y el exterior se instalaron ventanales y puertas corredizas de vidrio de piso a techo en todas las áreas que dan al jardín. Así se garantizó en todo momento el contacto con la vegetación.
El deseo de lograr una casa en la que la arquitectura fuera la gran protagonista se observa claramente en la pureza alcanzada en cuanto a las formas y la limpieza de los acabados: muros sin estucar pintados de blanco y pisos de cemento afinado pintados con el mismo color determinan la personalidad del lugar. De ahí que la carpintería también fuese pintada en el mismo tono y que se haya elegido para las puertas el vidrio esmerilado, que igualmente mantiene la unidad cromática.
La búsqueda de la nitidez en la forma se manifiesta también en el rediseño de la escalera que conduce a la zona de alcobas, antes curva con barandal de forja, ahora uno de los gestos arquitectónicos más interesantes del lugar con ayuda de la iluminación natural y artificial que contribuye a exaltar aún más el juego geométrico generado por sus pasos.
El encuentro con la luz natural fue determinante en el nuevo planteamiento arquitectónico. Se garantizó su entrada a través de claraboyas sobre el estudio, la escalera y los baños, que muestran aún más las cualidades arquitectónicas del lugar. La iluminación artificial permite que en la noche la casa se revele diferente.
En el segundo piso, las cinco habitaciones se transformaron en tres para dar paso al estar de alcobas, donde el sencillo mobiliario deja que la arquitectura brille. Allí se destaca la biblioteca, desarrollada como un mueble bajo en el antepecho que delimita el vacío de la escalera. El toque de color lo ponen los árboles, que se contemplan en todo su esplendor a través de los amplios ventanales.
El concepto de una casa transparente, ligera a la vista y en la que se pasa sutilmente de un espacio a otro, se percibe con mucha fuerza en la habitación principal, integrada al baño. Allí se creó un patio interior circundado por vidrio que mantiene la transparencia entre un lugar y otro.
Estas intervenciones fueron posibles gracias a que se reubicó un antiguo patio interior y a que se levantó la cubierta. Así se logró mayor altura para la habitación y una gran claridad, sin romper con la continuidad que se quería generar entre habitación, baño y vestier. En el baño también es evidente la sobriedad de sus acabados, que mantienen la monocromía. El uso de calados de cemento en uno de sus muros aporta diseño y permite suavizar la entrada de luz que se difunde libremente a la ducha a través de una división de vidrio templado. Allí el color y la textura los aporta el piso que, con sus piedras de río asomadas sobre el cemento, recuerda un playón de tierra caliente. El contraste de color se logra con mesones de cemento y lavamanos sobrepuestos de cerámica, desarrollados por Ana María Botero.
Esta construcción de los años 60 se transformó en una casa de inmaculada belleza cuya nueva concepción arquitectónica la trasladó a nuestro tiempo. Según la arquitecta Obregón, su labor se centró en escuchar atentamente al cliente cuando dijo: ¿Quiero una casa blanca en la que el jardín sea protagónico¿.