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Imágenes. Así quedó el jardín
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La presencia de bloques de tierra comprimidos, 
piso de cemento y huerta, convierten a este jardín en un espacio con carácter muy nuestro.

EN LA NATURALEZA
Transformación de un patio en jardín

El arquitecto Felipe Correa y el pintor Alejandro Sáiz, de la firma Verde Paisajismo, se dieron a esta tarea en una casa del barrio Galerías, en Bogotá.

Uno de los elementos importantes de la casa tradicional bogotana es el jardín interior, un ambiente de transición entre lo urbano y lo silvestre que sirve como entorno de relajación y descanso. Alejandro Sáiz y Felipe Correa, de la firma Verde Paisajismo, son dos bogotanos criados en finca y con el amor por las plantas como gran punto de encuentro, por eso vibran recuperando este tipo de espacios.

Antes de graduarse de arquitectura en la Universidad de Los Andes, Felipe Correa ya dejaba ver su interés por el tema. Para optar por su título profesional presentó como tesis de grado el proyecto de un parque en La Vega, Cundinamarca, y en asocio con Felipe Londoño y un equipo de arquitectos concursó y obtuvo el primer premio con el Plan Maestro para el Parque Ecológico del Embalse de Tominé.

Por su parte, Alejandro Sáiz siempre ha estado en contacto con el paisajismo y ha trabajado en el diseño de jardines desde los años 80, con una pasión que solo se compara con la que siente por la pintura. Hace poco obtuvo el primer premio en la Bienal Internacional que organizó la ciudad francesa de Mitry-Mori, con motivo de la inauguración de su centro cultural.

Sáiz & Correa seleccionaron un jardín de 60 metros cuadrados que había permanecido en el olvido durante 15 años, por lo que la vivienda había perdido uno de los elementos característicos de su arquitectura.

Convencidos de que ¿un diseño surge del sitio y de unas necesidades concretas¿, sus visitas al lugar se hicieron frecuentes durante un mes en el cual se dedicaron a ¿escuchar al jardín¿, o lo que quedaba de él: un cerezo y un brevo, árboles típicos de los jardines bogotanos, y un mandarino, que estuvo a punto de desaparecer de la escena. También agudizaron sus dotes de observadores para captar y atender las necesidades de su cliente, una familia de practicantes de pesca deportiva unida por el afecto de la abuela.

El diseño partió de la vegetación existente. Una vez liberado el cerezo de aquel follaje crecido desmedidamente, el jardín se aclaró y los gruesos troncos del árbol salieron a la luz generando un punto de atención. Sin duda, bajo sus ramas se daría el rincón para reposar.

En el centro se desarrolló un pequeño paisaje de montaña que hoy alberga un rodamonte, orejas de ratón, colombinas, diosmas, confetis, tréboles de flor blanca, clavelinas y otras plantas rastreras.

La vegetación se instaló delante del par de muros de ladrillo que delimitan el jardín. Junto al brevo se sembraron linos y flores de pichón. En el otro extremo, los balazos sirvieron para enmarcar el pequeño mandarino, lo mismo que las hebes enanas y algunas hierbas aromáticas que conforman una pequeña huerta desarrollada ¿a una escala más afectiva que otra cosa¿, según los diseñadores.

En puntos específicos se plantaron uno de los dieciséis sietecueros de propagación de flor blanca que hay en Colombia, y una rara especie, el Leptospermum, ambos provenientes del Vivero Arbolandia, de Eduardo Acosta, quien durante 20 años se ha dedicado a investigar sobre plantas exóticas y especies raras colombianas. Las otras plantas llegaron del Vivero San Isidro, de Angela Inés Mendoza, que se ha especializado desde hace más de cuatro décadas en especies de exteriores.

En lugar de sembrar césped se prefirió cubrir el lugar con gravilla y dejar una pequeña área para un colorido piso de baldosas de cemento, de industrias Viancha-Miranda, con el que se generó un escenario para sentarse a descansar y a observar la naturaleza. El interés por involucrar el agua se resolvió con una pequeña poceta.

Unos bloques de tierra comprimidos, desarrollados por la firma Linear Ltda., de Darío Angulo, son también llamativos elementos. Con ellos, los gestores de este espacio le crearon cierta atmósfera rural al lugar. El primer paso que se da para salir al jardín es sobre estos bloques de tierra comprimidos que evocan nuestra arquitectura campesina y que obligan a bajarle el ritmo al caminar. Lo mismo ocurre cuando se circula sobre la gravilla o se llega al piso de cemento.

El resultado final de este jardín es un entorno amable, caracterizado por una vegetación tropical de montaña, según palabras de sus gestores, ¿...un pretexto para que la gente se humanice...para que vuelva adonde pertenece: a la naturaleza¿.

 
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