Allí se está a medio camino entre la vivienda privada y el hotel, ya que el huésped puede contar con asistencia para preparar sus comidas, y cuenta con servicio de conserjería y lavandería.
Cuando se cruza el umbral en la Estancia de la Mantilla Suites, el visitante experimenta una sensación de intimidad al verse protegido por los gruesos muros, que como una "piel blanca", enlucida con cal, protege de las inclemencias del clima tropical.
Concebidos con ladrillo, piedra coralina y argamasa de cal, en algunos puntos de la casa, como el zaguán, el salón principal de uno de los apartamentos y en varias habitaciones, algunos muros se dejaron al descubierto, lo que para el arquitecto enriquece el lugar con texturas y además permite apreciar las intervenciones realizadas en distintos períodos.
La primera gran experiencia arquitectónica del lugar la ofrece el patio central, típico de las casas coloniales españolas, que aquí se ve refrescado con la presencia de la piscina principal.
El patio, que permite "la modulación del espacio interior de la vivienda", es un lugar recogido e íntimo circundado por muros al que miran muchas de las estancias de esta casa de tres pisos y azoteas.
Allí, las enredaderas, que parecen descolgarse del cielo, le aportan frescura y color al lugar. De cara al patio se encuentra un par de habitaciones, entre ellas la principal de uno de los apartamentos, el Amelia, que también cuenta con patio privado y piscina.
Asomarse al balcón corrido del segundo piso, que mira hacia este patio interior o hacia la calle como también ocurre en la Estancia de la Mantilla, acerca al visitante al sentir de quienes construyeron la edificación hace quinientos años.
Como señala Germán Téllez en el libro Arquitectura Doméstica Cartagena de Indias, "la ventana o el balcón cartageneros, así como sus contrapartidas andaluzas, son hechos más que para mirar desde dentro, para ser mirados desde el exterior...".
El resultado, en esta ciudad que se caracteriza por su trazado irregular, son esas "...secuencias rítmicas de vanos y sólidos, así como [una] reiteración casi textil de balcones corridos y ventanas de reja, punteada por la aparición acompasada de portadas y portones...", según Tellez.
Los balcones y ventanas también se constituyen en un "elemento intermediario entre "la penumbra del interior y el trópico implacable del exterior".
Una transición que el visitante puede hacer gracias a las puertas-ventanas desarrolladas con celosías de madera que permiten modular la entrada de luz a lo largo del día.
Cuando se llega a las azoteas, adecuadas con pérgolas en madera de ceiba, los huéspedes disponen de un lugar para tomar el sol, descansar y divisar la ciudad desde lo alto, experiencia que completa la vivencia de una casa cartagenera.
Desde allí, la secuencia de tejados, el reconocimiento de edificaciones emblemáticas como las torres de las iglesias y los miradores, el disfrute del clima y de los atardeceres permiten vivir la ciudad desde un lugar muy íntimo.
Esta casa, que contiene tres alternativas de hospedaje que oscilan entre los 150 y los 200 metros, no es ajena a las historias de la ciudad. Con su nombre, Estancia de La Mantilla, igual al de la calle en la que se encuentra, se evoca a María Encarnación, una dama que vivió allí en el siglo XVII y vistió siempre una mantilla, luego de que el gobernador de Cartagena la dejara plantada.