En 1970 se graduó de arquitecto en la Universidad de los Andes, en 1974 se especializó en la Universidad de Cambridge y ya en 1975 participaba en la Galería Belarca con una exposición individual llamada ¿Muebles objetos¿. Es decir, paralelo a su carrera de arquitecto emprendió la de producción de piezas utilitarias.
El ¿hacer diseño¿ siempre estuvo entre sus intereses pues se recuerda de niño con martillo y puntilla en mano armando algo. A la hora de hacer un mueble, dice sentir mayor libertad y aprovechar esas ¿licencias¿ para jugar con el material aunque, a decir verdad, cuando se enfrenta la realización de un objeto se busca resolver su parte estructural, sus condiciones de ensamblaje, su funcionalidad y su apariencia de manera muy precisa, tal como sucede con la arquitectura.
A lo largo de treinta años de experiencia con la madera, material que define su trabajo, ha diseñado alrededor de trescientas piezas que han sido objeto de exposiciones en sitios como el Museo de Arte Moderno de Bogotá, V Salón Atenas (1978), el Museo de Arte Moderno de Medellín (1980) y el Centro Colombo Americano (1993), entre otros.
Las solicitudes de estos espacios a participar en eventos dirigidos a mostrar el objeto como una obra de arte y el recibir encargos de los clientes, lo ayudaron a darle dirección y sentido a su tarea creativa.
Así las ideas se fueron volviendo objetos concretos con los que hoy convive pues ha mantenido la costumbre de quedarse con una muestra de todo lo que hace.
Entre su repertorio se destacan las sillas, por las que siente fascinación, justamente porque ¿son tan difíciles de realizar que cuando sale algo bueno es satisfactorio¿, dice.
Como hace objetos para que duren, alguna vez lo invitaron a desarrollar una escenografía para una obra de teatro que estaría en cartelera tres semanas y la cosa no le sonó.
Por eso se sorprende cuando llega a algún lugar y se encuentra con alguna de sus piezas ¿vivita y coleando¿ en un espacio o en manos de un nuevo dueño que la adquirió en un mercado de pulgas por 5.000 pesos.
Se declara amante de los objetos ¿aparentemente banales, con cierto aire industrial, económicos pero que están muy bien resueltos¿ y con aquellos que ¿muestran algo de audacia, bien realizados aunque parezcan absurdos¿.
Entre las piezas que siempre le gustarán están las cazuelas de La Chamba porque ¿siempre serán cazuelas y en ellas no hay imposturas ni nada ficticio¿, señala Oberlaender.
Vibra con el diseño de los autos y se le ha visto en un Studebaker Champion 55, de Raymond Loewy, un Mini Cooper, de Sir Alec Issigonis, o un Mitsubishi Colt del 79, con líneas que recuerdan el trazo italiano de Giugiaro o Bertone.
Dice admirar mucho a los diseñadores finlandeses y a exponentes del diseño como Alvar Aalto porque según él: ¿siempre tenía cabezazos geniales, una sensibilidad con los materiales que lo llevaba a utilizarlos adecuadamente y a desarrollar objetos amigables y cálidos¿.
Su ojo entrenado seleccionó objetos de muy diversa índole que sobresalen por su funcionalidad y estética.