Recordando a Rogelio Salmona
Por Germán Samper Gnecco
Rogelio Salmona fue sin duda alguna el arquitecto más importante del país. Sobre su obra y su personalidad se ha escrito, y se seguirá escribiendo mucho.
Por mi parte yo quiero ahora que ha partido hacerle el homenaje de recordar al Salmona que nadie conoció. Con él compartimos la vida en París y el trabajo en el taller de Le Corbusier entre los años 1948-53.
En el taller cada cual tenía un proyecto independiente, salvo el Plan Piloto de Bogotá, en el que hicimos equipo. Se trabajaba sobre croquis que el maestro elaboraba en su casa, o en sus viajes.
Cada cual se concentraba en lo suyo, y periódicamente el viejo ¿Corbu¿ hacía correcciones. Era necesario mantener el lenguaje del arquitecto, y algunas veces Salmona quiso aportar
sus ideas, con el respectivo rechazo.
Varias veces se retiró del taller pero a los pocos días había reconciliación. Ese temperamento creador de Rogelio, que produjo las obras que conocemos, ya afloraba en París.
Asistimos juntos a cursos de sociología del arte en la Sorbona dirigidos por Pierre Francastel, donde tuvimos como compañero a Gerardo Molina, hicimos viajes cortos a Holanda donde había buenos ejemplos de arquitectura moderna. Viajamos por el sur de Francia.
Carcassone, Aigues, Mortes, pero el viaje más importante fue a Italia en el verano del 49, con una lista de obras recomendadas por Le Corbusier y el consejo de dibujar lo que nos interesara, no llevando cámara fotográfica.
Estuvimos en el congreso de CIAM en Bérgamo, visitamos Siena, Assis, Venecia, Florencia, Roma, Pompeya y otras ciudades.
Eran viajes totalmente dedicados a la arquitectura. Nuestros primeros croquis eran torpes pero muy gozados. Italia es el país para despertar el entusiasmo por la arquitectura.
Existen dibujos de él y míos, casi desde el mismo lugar y de estilo muy parecido. Éramos aprendices. as mesas de los restaurantes
con los manteles de papel eran la base ideal para profundos debates de lo que veíamos.
Fuimos amigos y compañeros inseparables, compartimos sueños de lo que sería nuestro regreso a Bogotá.
Desde la decanatura de Arquitectura de la Universidad de los Andes, yo gestioné su regreso a Colombia, a donde vino como profesor de Historia.
Él tuvo fama de tener un temperamento hostil y gruñón. La verdad es que era exigente con los demás, y consigo mismo. A Rogelio lo recuerdo como un buen amigo, y generoso.
En Bogotá poco nos vimos, pero los escasos encuentros tuvieron el calor de los tiempos de París.
Yo siempre lo llame Monsieur Salmoná, con acento en la a, para recordar los viejos tiempos.
Nos va a hacer falta, a su familia, a la arquitectura, al país. Pero queda su obra como ejemplo para las generaciones futuras.
Aprendiendo de Salmona
Por Carlos Hernández Correa
Trabajar en el estudio de Rogelio Salmona no fue una tarea sencilla¿ y que me permitiera entrar como aprendiz tampoco fue nada fácil. Sin embargo fue una suerte que me aceptara aunque un poco a regañadientes.
Recuerdo que Rogelio estaba trabajando en el diseño del Museo de Arte Moderno de Bogotá y su mesa de trabajo estaba llena de papeles, esquemas, y dibujos con marcadores que me llamaron la atención inmediatamente; para mí eran dibujos mágicos, llenos de fuerza en su trazo.
El estudio de Rogelio en esa época era muy pequeño y solamente trabajaban con él, Leonor Martínez, su dibujante de confianza, y Alberto Miani, un joven y prometedor arquitecto. Allí aprendí a dibujar aunque me costó demasiado trabajo y por este motivo Rogelio me echó dos o tres veces de su estudio, pero me volvió a recibir y, la verdad, nunca le pregunté por qué.
Mi primer trabajo, aparte de aprender a preparar el tinto muy cargado que en esa época Rogelio se tomaba, fue hacer la maqueta de una casa en Suba que estaba diseñando, precisamente al lado de una casa que su antiguo amigo y socio, Hernán Vieco, estaba construyendo.
Yo había entrado a estudiar arquitectura realmente sin saber por qué, como muchos otros¿ me imagino.
La primera obra de arquitectura que me conmovió cuando todavía estaba en el colegio fue la casa de la cascada de Frank Lloyd Wright, que tuve la oportunidad de conocer cuando todavía era un niño.
Luego, un tiempo antes de entrar a la universidad, vi por primera vez Residencias El Parque y creó que a partir de ese momento me convencí de que lo que quería estudiar no era teatro, como inicialmente pensaba, o artes, sino que la arquitectura sería mi carrera.
Todos mis recuerdos de esta época de mi vida son difusos y solo tengo imágenes parciales, pero ahora que me siento a escribir sobre mi experiencia con Rogelio y hago un esfuerzo, aparecen algunos episodios y conversaciones con él en su estudio o apartamento, o en las visitas a sus obras de las cuales tanto aprendí.
A Rogelio le encantaba ir a las obras y dirigir el trabajo de los obreros. Prácticamente hasta el último día de su vida visitó sus obras y estaba al tanto de cada ladrillo que se ponía. Fue siempre un perfeccionista y un arquitecto de oficio.
La pasión de Salmona por la arquitectura es tal vez para mí la mejor de sus enseñanzas; la disciplina y el rigor en su trabajo, así como la forma en que luchaba permanentemente para evitar caer en la banalidad.
Rogelio me enseñó las posibilidades y la capacidad que tiene la arquitectura de transformar el espacio, la ciudad y el mundo. La arquitectura para Rogelio era una forma de vida, más que una profesión, arte u oficio.
Siempre he pensado que Salmona en el fondo admiraba más a Wright que a Le Corbusier. Solamente tiene un edificio donde la influencia de Le Corbusier se hace evidente: se trata de un proyecto de vivienda poco conocido, ubicado en la carrera 16 con calle 86.
Las casas de su primera época, la casa Alba que se encontraba ubicada en la calle 94 con carrera 7, y que fue demolida hace muchos años, la casa Amaral, los edificios del Polo que los diseñó junto con Guillermo Bermúdez, o el edificio para la Sociedad Colombiana de Arquitectos, muestran otro tipo de búsqueda, más relacionado con los aspectos orgánicos, del lugar o la materialidad que identifican la arquitectura del maestro.
Rogelio era un intelectual, un artista y, sin lugar a dudas, un genio. Un ser humano complejo e interesante al que llegué a conocer, no solo en su estudio sino, algunos años después, ya como amigo.
Tal vez el recuerdo más fuerte que ahora tengo es el de una mañana durante el mes de junio del 97, recorriendo en bicicleta la ciudad de Barcelona en compañía de María Elvira y de sus hijos aún pequeños.
Entramos todos a un edificio en construcción y nos encontramos de frente con Rafael Moneo, el arquitecto madrileño, quien recorría en compañía de un grupo de periodistas y políticos su proyecto.
Salmona y Moneo, sorprendidos se saludaron. En esa ocasión había invitado yo a Rogelio a Barcelona a dictar un taller de verano con Enric Miralles.
Rogelio lo conoció en aquella oportunidad y también conoció a Juan Herreros y a otros, en aquella época, jóvenes arquitectos españoles poco conocidos.
Visitamos juntos un sábado en la mañana el Cementerio de Igualada de Enric Miralles, tal vez la mejor de sus obras, y por primera vez en mi vida lo vi emocionado con un proyecto de arquitectura contemporánea.
Estos dos arquitectos, Salmona y Miralles, son posiblemente las personas que más fuertemente me han marcado en la vida y que he tenido la suerte de conocer, no solo profesionalmente sino como amigos.
Hoy en día ninguno de los dos está, pero sus obras permanecen y esto es el mejor testimonio que tenemos de su paso por la vida y de su pasión por el arte y la arquitectura.
Podemos aprender mucho de las obras de Salmona y del sentido ético y profundo de una profesión que defendió apasionadamente y por encima de todas las circunstancias. Salmona murió hace pocos días, pero su obra y su forma de vivir y entender la vida seguirán presentes entre nosotros.
Seguirán igualmente siendo un testimonio del valor de las ideas y de la fuerza de los conceptos, del respeto al lugar, a la naturaleza y al paisaje y de aquella capacidad brutal pero oculta que tiene la arquitectura de conmover¿ si no lo hace, no es arquitectura es, simplemente, un oficio y es allí donde está la diferencia y donde está la enseñanza de su vida.
Rogelio Salmona y la arquitectura de lugar
Por Jacques Mosseri
Rogelio Salmona era un hombre eminentemente vital y es doloroso escribir sobre un amigo que uno nunca pensó que se moriría.
Lo conocí desde pequeño porque vivíamos en el mismo barrio, Teusaquillo ¿ La Magdalena, muy cerca de la casa de Jorge Eliécer Gaitán y donde Salmona se hizo famoso porque su perra Yola lo salvó de ahogarse en el río Arzobispo.
Estábamos en el mismo colegio, el Liceo Francés, y tengo pegado el recuerdo, en mi mente, de niño de primaria, de un Rogelio vestido de mosquetero esgrimiendo su espada en la comedia de la fiesta anual.
Lo perdí de vista unos años porque se metió a la Universidad Nacional a estudiar arquitectura y en esas ocurrió el suceso del 9 de Abril y la visita de Le Corbusier a Bogotá, durante la cual Salmona sirvió de traductor y seguramente entabló amistad con el Maestro.
Luego se fue a trabajar a su taller en París y pasaron los años. Al regresar a Colombia, ya imbuido de ocho o nueve años de experiencia corbusiana, me acerqué a él como discípulo y le dije que cuando viajara a Francia me tenía que recomendar para trabajar con Le Corbusier. ¿No sea pendejo¿ me dijo ¿eso no sirve para nada¿.
Había llegado el momento de la arquitectura orgánica y los que encabezaron el movimiento fueron el 'Chulí' Martínez y Salmona.
Su rebeldía contra Le Corbusier y el racionalismo frío y geométrico fue seguida por casi todos y de ese momento Alvar ¿ Altiano y Wrightiano nos quedaron con la firma de Salmona el Colegio de la Universidad Libre, las viviendas de la Fundación Cristiana en el sur de Bogotá, y estaba en pleno dedicado al diseño de las Torres del Parque de la Independencia.
Tuve en esa época la suerte de colaborarle en un concurso para la sede de la Caja Agraria de Barranquilla y recibí elogios de su parte, cosa bastante difícil, por el buen uso que hice al dibujar a base de curvígrafo la planta del último piso del edificio.
Esta ¿arquitectura de lugar¿ se fue desarrollando en su obra cada vez con más fuerza. El espacio arquitectónico concebido desde adentro hacia afuera, con un gran énfasis en la variedad y la riqueza del interior ayudado por la luz que viene de arriba y se tamiza mediante claraboyas bien dispuestas.
Al mismo tiempo la captación del paisaje, lejano o cercano, que valoriza mediante aperturas estratégicas.
La forma construida es la resultante de un lugar específico, de su topografía, de su medio ambiente y de sus materiales. El ladrillo en Bogotá, la piedra de Turbaco en Cartagena.
El entorno lo trabajó con gran esmero, como un jardinero japonés que estudia la siembra de cada mata. Caminamos juntos los alrededores de la Biblioteca Virgilio Barco y pude apreciar que estaba reproduciendo, en pequeño, el paisaje de la Sabana con sus humedales y su vegetación propia.
Y su preocupación por el espacio público y su relación con el edificio fueron haciendo que cada vez existiera menos esta diferenciación.
El ¿paseo arquitectónico¿ de Le Corbusier irónicamente volvió y hace que, en edificios como el de Posgrados de la Universidad Nacional o el Centro Santa Fe, uno comience en el andén, pase por el interior, salga a la plaza, ascienda suavemente por rampas y se encuentre finalmente caminando por los techos que, más que esto, son espacios cívicos o anfiteatros para ver el cielo y a lo lejos, las montañas.