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DISEÑO PERSONAL
Bella austeridad

Las nuevas salas de exhibición del Banco de la República muestran cómo la arquitectura sirve a la museografía. Más que lucirse a sí misma, allí la arquitectura se dedica a exaltar el arte que alberga.

El desarrollo de dos nuevas salas de exposiciones de quinientos metros cuadrados cada una en lo que hoy se conoce como la Manzana Cultural del Banco de la República, ubicada entre las carreras 4 y 5 y las calles 10 y 11, permitió que se culminara un proyecto de gran magnitud para la ciudad y para el país en materia cultural.

Con ello se finalizó una serie de intervenciones en el barrio histórico de La Candelaria, que comprende la Casa de Moneda, las Salas de la Colección Permanente del Banco de la República y el Museo Botero, las cuales permiten situar al país en los circuitos internacionales del arte, pues aquí se cuenta con todas las condiciones espaciales, funcionales y técnicas para que lo mejor de las expresiones artísticas internacionales se pueda exhibir en el país.

Cuando los arquitectos Enrique Triana y Juan Carlos Rojas ganaron por concurso el diseño arquitectónico del proyecto, el Banco de la República sintetizó su deseo en dos palabras: neutralidad y austeridad. Para tal fin la sección de Artes plásticas de la Subgerencia Cultural definió los lineamientos museográficos y la Sección de Diseño del Departamento de Edificios hizo el anteproyecto que contenía las determinantes generales.

Fueron varias las situaciones que los arquitectos tuvieron que afrontar. No sólo se trataba de desarrollar un edificio que albergara dos salas de exhibición; éste, además, debía instalarse en medio de una serie de edificaciones existentes con las que debía armonizar.

Vendrían, acompañados por talleres de restauración, un auditorio para 150 personas, talleres infantiles y áreas de reserva de las colecciones ubicadas en sótanos con las mismas condiciones de las salas de exposición, para que las obras de arte se mantuvieran en igual temperatura y humedad relativa frente al espectador que almacenadas.

El proyecto es articulado a partir de plazas y calles. La primera con la que se encuentra el visitante es la que se desarrolló paralela a la carrera 4a. Concebida a un nivel inferior al de la calle, permitió liberar la fachada del Museo Botero y generar una sensación de recogimiento en el visitante. A ello también contribuye el muro que delimita un poco esta plaza de acceso.

Una serie de pórticos constituye la fachada del vestíbulo de acceso al complejo cultural y al Café Juan Valdez, cuya puesta en escena allí se alimentó de nuestras leyendas al verse enmarcado por un muro desarrollado en hojilla de oro. Una pérgola de madera que se vuelve persiana independiza sutilmente este punto de la recepción.

La siguiente plaza surgió del patio central, que a principios del siglo XIX compartían las edificaciones del Arzobispado de Bogotá. Se convirtió en un centro de manzana que permite ir a cualquiera de los edificios y además recuperar el tipo de arquitectura del sector. La presencia del agua que rueda por la superficie de un pétreo muro de granito, empieza a despertar emociones en el visitante. Allí el arte ya está presente con dos esculturas del maestro Eduardo Ramírez Villamizar y una de John Castles.

A manera de preámbulo de lo que le espera al visitante frente al espectáculo que ofrece el arte, se debe ascender, de manera casi ceremonial, por una calle-escalera elaborada en granito negro absoluto con dilataciones en madera, para llegar a las salas de exposición. La cubierta perforada por tragaluces convierte la entrada de luz a lo largo del día en un bello juego de luces y sombras.

Las salas se constituyen en dos grandes rectángulos que miran hacia amplias antesalas de la misma longitud. A sus extremos se encuentran las áreas de circulación señalizadas con el uso del color.

Los arquitectos lograron hacer de estos espacios unos entornos lo suficientemente neutros para que exhibiciones como la de María Fernanda Cardoso y obras de la colección de arte del Banco puedan coexistir en armonía. Sus dimensiones, proporciones, posibilidades técnicas y su versatilidad funcional permiten que las salas se adapten a todo tipo de requerimientos museográficos. Cuentan con cinco accesos que pueden ser utilizados o bloqueados según la conveniencia del montaje.

El resultado de esta intervención es un escenario neutral en el que el arte es el tema principal, gracias a la sencillez arquitectónica del edificio y a la austeridad con la que se manejaron los materiales.

 
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